The thinker, por Hiromu Kira
Estoy lejos de mi familia -que igualmente no es mi primera preferencia de compañía- por estudios y mis amigos se encuentran también lejos, si no lejísimos. De primeras podrías pensar que lo estoy pasando mal y que cuento los días, horas o minutos para terminar mis exámenes y volver al sur. Pero nada mas alejado de la realidad. Disfruto de la soledad.
Hay algo estético, romántico, elegante, liberatorio... en ella. Cuando estás solo, puedes hacer lo que te plazca. Puedes andar desnudo por tu casa si quieres, no tienes que dar explicaciones a nadie de a la hora a la que comes, a la hora que te duermes -aunque tus personas cercanas puedan comprobarlo por tu última hora en whatsapp- si así lo deseas, puedes pasarte el día entero viendo películas, o comiendo helado, pero son cosas que no recomiendo por motivos evidentes.
La soledad es maravillosa para el que está preparado para ella, y sabe apreciarla. Yo aprendí a disfrutarla después de mucho dolor y quiero contar el proceso por el que tuve que pasar.
La primera vez que sentí una soledad abrumadora fue cuando me mudé al apartamento en el que hoy llevo dos años. Una estancia que comenzó así.
Venía de un verano -que recuerdo como uno de los mejores de mi vida, por cierto- que había pasado día si y día también con mis amigos, bebiendo y/o saliendo de fiesta, conociendo gente, -esto último siempre ebrio- en un grupo de amigos, que si bien no era nuevo, se había afianzado bastante en ese período caluroso y en el que me sentía realmente bien.
Pero todo lo bueno termina. Llega septiembre y hay que despedirse. Busco un piso, para comenzar mis estudios universitarios, y digo adiós a mi vida en el sur.
El primer año que pasé aquí fue mas bien traumático. La enorme soledad que me asoló -y para la que no estaba preparado- me abrumó. Caí en hábitos destructivos, como drogas o actividades, digamos no muy legales, como medio para canalizar mi dolor. Quizá fue la incapacidad de integración en el entorno en el que se supone que debía integrarme: la universidad.
No hice ningún amigo, solo conocí a un compañero de clase con el que mantenía algún contacto espóradico, mayormente para hablar sobre las clases, pasarnos apuntes o deducir que era lo que entraría en un exámen próximo.
Por otro lado, no era capaz de hacer una cosa tan sencilla como tomar el tranvía que necesitaba para ir a clase. En ese año recuerdo que solo cogí ese transporte 2 o 3 veces, y sin pagar -¿irónico, verdad? sabiendo que si me pillaban se iba a montar una escena que me hubiera hecho quedar mas rojo que un tomate-.
Las demás veces, a grosso modo, todas, iba caminando a clase por un largo y tedioso camino -en caso de que fuera- para acabar sentándome en la última fila, en la que era un poco difícil escuchar al profesor/a, aunque la "parte buena" era la de tener la facultad de ser invisible. Esto me perjudicaba mayormente en las clases de matemáticas, porque si sumamos ver completamente borrosa la pizarra por la distancia, y tener una mala base en esta disciplina... en efecto, tenemos un delicioso 0 en la asignatura.
Poco a poco dejé de ir a clase, por una creciente ansiedad que se desarrollaba dentro de mi, que me susurraba al oído cosas como: "¿para qué?", "va a ser aburrido, quédate en casa, ya irás mañana", "no tienes amigos, lo vas a pasar mal cuando tengas que irte a comer solo", "no hace falta que vayas, ya te pasarán los apuntes".
Como era de esperar, abandoné la universidad. Un día, llegué a clase, pero al ver la puerta cerrada, con todos mis compañeros adentro, en lugar de abrir la puerta, entrar y aguantar todas sus miradas por un instante, no fui capaz de hacerlo y pasé de largo. En ese momento me di cuenta de que tenía graves problemas, y de que debía dejar de perder el tiempo.
Recuerdo esta etapa de mi vida como una de las mas oscuras. Quién sabe en lo que podría haberme convertido de no salir de ello a tiempo.
Tras abandonar la universidad volví al sur, pero muy frustrado por como se habían desarrollado los últimos acontecimientos. Por un corto período de tiempo me interesé en estudiar psicología -si, en la universidad, soy una persona muy terca- así que empecé a prepararme la prueba de acceso a la universidad para conseguir la nota necesaria. Durante este tiempo, me di cuenta de lo complicado que era volver a estudiar asignaturas de la rama de ciencias, la cual había abandonado años atrás. Esto me desanimó bastante, pero aún así seguí intentándolo. Un día, estudiando economía, recordé por qué el año anterior había querido entrar en una carrera de dicha materia -la cual había abandonado por mi ansiedad-, así que, de nuevo, terco como soy, me decidí a entrar en la carrera de economía, medio por conveniencia -nota de corte: 5- medio por interés en esta ciencia social. Dejé la psicología para un estudio mas ocasional y superficial, aunque a día de hoy sigue siendo una de mis grandes pasiones.
Nuevo curso, nuevo año. Mismas circunstancias. Diferente mentalidad.
Para anticlímax de esta historia, si quieren verlo así, tampoco hice ni un maldito amigo en mi siguiente año de universidad. Me afectó negativamente? No. Ya contaba con la experiencia.
Decidí que yo no era menos que nadie, y que si quería podía sentarme en la primera fila en la clase. Que me sacaría la carrera porque me daba la gana y que no tenía que dar explicaciones a nadie. Qué si tenía que pedirle algo a cualquier compañero de clase lo haría sin importarme lo que pensara de mi.
Ya había gastado bastante tiempo por miedo a las demás personas.
Empecé a dedicarme más tiempo a mi mismo. A estar solo, pero estar bien. A no anhelar lo que tenían los otros, fuera un grupito de amigos que ni en la película más disneyesca, fueran las cosas materiales, el dinero... fuera cualquier cosa. Me centré en mi mismo. En lo que a mi me interesaba, en lo que yo necesitaba.
Pude acercarme poco a poco a mis nuevos compañeros de piso, e incluso un día -suena ridículo dicho así, pero para mi fue algo grande- fui a tomar algo con alguno de ellos.
Creo que poco a poco estuve -y estoy- pasando de ser una persona completamente tímida y ansiosa en lo social, a una persona que es simplemente introvertida. Un cambio que me enorgullece muchísimo.
Sigo trabajando en lo que me lastra, poco a poco. Uno normalmente no puede deshacerse de un problema -sobretodo uno mental- que le ha estado afligiendo durante muchos años, de la noche a la mañana.
Jorge. 21 años. 30 de junio de 2020.

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